Día 3 en Flandes: un paseo por la memoria histórica

Flandes es hoy pacífica y bucólica. Pero hace ya un siglo vivía todo un infierno. Flandes se convirtió en protagonista de uno de los episodios más trágicos de la historia: la I Guerra Mundial. Campo de batalla internacional entre los Aliados y el Imperio Alemán, la parte occidental de Bélgica fue la que más sufrió. Decenas de miles de soldados perecieron en los 4 años que duró la contienda. Hoy una infinidad de tumbas agrupadas en impactantes cementerios, trincheras aún en pie, museos y memoriales conforman todo un destino de turismo de memoria y funerario. Y con más actividad que nunca con la conmemoración del I centenario de aquellos sucesos. Son los Flanders Fields.

Y, siendo investigador de turismo funerario, trabajando en un museo de memoria histórica como es el MUME (La Jonquera) y realizando prácticas en Turismo de Flandes… era, personalmente, una visita más que obligatoria. Lástima que la meteorología y la falta de tiempo no me permitieran disfrutar al 100%; quería haber alquilado una bicicleta y recorrer los campos flamencos sembrados de amapolas y visitar diversos cementerios y lugares de memoria como Tyne Cot, las trincheras o la Pool of Peace. No obstante, por ahora me doy por satisfecho con haber estado en la ciudad de Ieper y empaparme de historia en su museo conmemorativo “In Flanders Fields Museum“.

De nuevo un tren directo me llevó a Ieper desde Gante, por 12.60€ (ida y vuelta con tarifa fin de semana). No sé si sólo fue la fría y nublada mañana de un lunes festivo y mi imaginación, pero nada más llegar sentí una atmósfera sobria, pesada y hasta triste. En cierto modo se palpaba que allí había pasado algo grave y que, aunque hacía ya tiempo de ello, la ciudad no quería olvidar.

Ieper - (c) jome_omt
Casas enladrilladas en Ieper

Totalmente reconstruida después de la guerra, las sobrias calles enladrilladas de esta pequeña ciudad te llevan en pocos minutos de la estación a la Grote Markt de Ieper. Allí, el edificio del Ayuntamiento y su imponente campanario (sí, este también es Patrimonio de la Humanidad) te dan la bienvenida. Bajo éste se encuentra el gran museo de la I Guerra Mundial, el museo que pretende enseñarnos la dura historia para que tomemos conciencia, aprendamos y no permitamos que semejantes sucesos vuelvan a ocurrir.

La entrada cuesta 9€ (puede parecer un poco caro, pero merece la pena) que -sugiero esta opción- se convierten en 11€ con la entrada combinada al campanario, al que se accede desde su interior. Una pulsera en forma de amapola, símbolo de los Flanders Fields, supone la herramienta con la que interactuar con los contenidos del museo y te abre una puerta a la historia. A lo largo de la excelentemente interpretada exposición permanente los hechos se suceden de manera cronológica entre textos, audiovisuales, maquetas y materiales dispuestos en vitrinas. Un gran edificio con un gran contenido al que dedicar, al menos, un par de horas. A la salida espera, en este caso, otra interesante exposición temporal dedicada a las tropas canadienses que participaron en el conflicto; y tras ella, un restaurante y la tienda del museo de la que parece obligatorio llevarse el bien presentado catálogo además de poder optar entre otros muchos libros y algún que otro souvenir.

La otra parada obligatoria en Ieper no está muy lejos. Se trata del Menin Gate, un monumento en forma de arco del triunfo a la memoria de los soldados británicos y de la Commonwealth caídos en los campos de Flandes, con sus 55.000 nombres tallados en sus muros. Sin duda debe ser emotivo el “Last Post“, acto celebrado a diario a las 20.00h desde 1928 en su memoria.

Pero, aunque, como decía, me hubiera gustado asistir a este evento tanto como visitar cementerios y otros lugares de memoria cercanos, tuve que encaminarme de nuevo a la estación para regresar a Gante y conocer sitios en los que aún no había estado. Esta vez bajé en la segunda estación de la ciudad, la de Dampoort. Si al salir caminas hacia la derecha te adentras en el multirracial barrio de Sint-Amandsberg y te topas con el Gran Beaterio o Groot Begijnhof, uno de los tres de Gante (aunque sólo dos están en la lista de la UNESCO). Era otro “must” pues en días anteriores me había encontrado cerrado el de Brujas y el cambio de planes en Amberes impidió visitar el de Lovaina. Pasear por sus calles es transportarse a un pueblo diferente. Todo enladrillado y en clama, te hace pensar en cómo debieron vivir las beguinas y sus hijos en épocas pasadas.

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Gran Beguinaje de Gante

Pero si quería aprovechar la tarde en la ciudad, teniendo en cuenta que todo cerraría entre las 17.00h y 18.00h, había que marchar pronto. Al regresar caminando al centro te topas con los canales y el Portus Ganda antes de acabar en la Catedral de San Bavón, famosa por su retablo del “Cordero Místico” de Van Eyck. Sin embargo, más interesante que entrar al templo es combinar la visita con el Museo de Bellas Artes (MSK) y conocer cómo se está llevando a cabo el proceso de restauración de esta obra de arte. Pero, una vez más, no había tiempo. Tampoco para subir al campanario de Gante que ya había cerrado. Solo quedaba pasar las numerosas horas que sol que restaban paseando por los canales, por Patershol y Prinsenhof, y para cenar y despedirse de un radiante Gante iluminado. Al día siguiente debíamos volver a la realidad.

Gante_canales - (c) jome_omt
Canales de Gante
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Día 1 en Flandes: de Gante a Brujas

Carlos V no pudo elegir un lugar mejor para nacer. Gante es una ciudad brillante donde cada rincón de su vivo centro histórico te deja con la boca abierta.

La centralidad geográfica y la facilidad de moverse en tren por Flandes hacen que Gante sea el lugar perfecto para alojarse si vas pocos días. Así hicimos en nuestro viaje y, tras llegar muy temprano al aeropuerto de Charleroi, tomamos un bus lanzadera con la compañía Flibco (aseguraos de comprar con antelación el billete por Internet para conseguir precios más asequibles que los 19€ euros que pagaréis en taquilla) hasta la estación Sint-Pieters de Gante. Os aconsejo que aprovechéis para conocer la estación, no sólo porque es bonita por dentro sino porque será el lugar al que regresaréis cada día para tomar el tren al siguiente destino. A muy poca distancia está la parada de la línea 1 del tranvía que conecta directamente con el centro histórico. Lo aconsejable es comprar uno o varios bonos de 10 viajes, un abono multipersonal que cuesta 14€ (el billete sencillo sale a 3€ por trayecto).

Nuestro apartamento era espectacular, muy amplio, moderno y céntrico. Y fuimos prácticamente los primeros huéspedes de Sarah, nuestra anfitriona quien nos ayudó en todo momento.

Una vez instalados, ya estábamos dispuestos a conocer la ciudad. Pero no puedes evitar detener el tiempo y disparar mil y una fotos desde el Puente de San Miguel: al canal, de un lado y de otro, a los dos muelles –Graslei y Korenlei– y a todo el skyline que dibujan las tres torres de Gante -la de la iglesia de Sint Niklaas, el Campanario Municipal (Patrimonio de la Humanidad en conjunto con otros muchos de Bélgica y el norte de Francia) y el de la Catedral de San Bavón. Cuando superas el síndrome de Stendhal, tu cuerpo se pone a caminar de nuevo para descubrir el fastuoso centro histórico, comenzando por el Korenmarkt y continuando por los canales mientras te tomas un goffre, unos cuberdons, unas patatas fritas o te sientas en una terraza a disfrutar de las vistas acompañado de una de las cientos de cervezas flamencas que deberías degustar. En nuestro caso, después de comer y aunque aún había mucho por ver, decidimos poner rumbo a Brujas.

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Gante desde el Puente de San Miguel

Desde Sint-Pieters los trenes a Brujas son muy frecuentes y el trayecto dura menos de media hora. Al llegar, sólo con cruzar la calle ya te adentras en el mundo de cuento y fantasía al que te transporta la ciudad. Delicadas calles con casitas adorables te muestran el camino hasta la Catedral de San Salvador y la céntrica Steenstraat, donde comienza una dulce tortura constante que se repetirá a lo largo de todo el viaje: los olores a dulces y chocolate te hacen la boca agua; a cada paso una nueva chocolatería, pastelería o puesto de goffres. Los aromas y sabores que desprenden se entremezclan entonces con la fascinante arquitectura configurando una auténtica bomba sensorial acompañada del bullicio de la gente que transita por esta calle excesivamente comercial. El destino es claro: el centro del centro, el Grote Markt, donde las casas, palacios y el imponente campanario (al que puedes subir para disfrutar de las vistas) te dejan casi paralizado. En mi caso, un pequeño diluvio repentino me sacó de mi ensueño y decidí refugiarme bajo la torre, no sin antes comprar unas patatas por si el rato de espera se hacía largo.

Brujas es encantadora aunque pequeña, y es por ello que puedes recorrerla en poco tiempo, sobre todo si, como yo, vas en plan contemplativo y no puedes permitirte -por presupuesto y tiempo- el entrar en museos y atracciones. De repente nos topamos con el canal y, a pocos pasos, la estampa más mítica de la ciudad, que bien merece una larga pausa.

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La estampa más famosa de Brujas

Siguiendo el canal y las calles, y con un descanso en el “Kwak Bar” para beber y comprar cerveza, llegamos finalmente a lo que más me atraía de Brujas, su beaterio o beguinaje, Patrimonio Mundial junto con otros similares en otras ciudades. Hay que destacar que Brujas cuenta en total con 4 declaraciones de la Unesco: el centro histórico por sí mismo, el Campanario, el Beaterio y la Procesión de la Santa Sangre en la lista del Patrimonio Inmaterial – vamos, todo un destino para un friki de estos temas como soy yo! Sin embargo, me quedé con la miel en los labios ya que, al ser parte de la ciudad, no me esperaba que estuviera cerrado. Lo estaba. En fin, tuve que conformarme con las calles adyacentes y un agradable paseo de vuelta a la estación.

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Junto al Beaterio de Brujas

Brujas me sorprendió mucho. Es lo que tiene hacerse bajas expectativas tras oir una y otra vez que “no es para tanto”, que “es bonita pero está muy turistificada y tematizada” y frases por el estilo que le restan el encanto de la autenticidad. Pero no fue así. Brujas, como destino romántico que es, me enamoró. Eso sí, creo ambicioso el sobrenombre de “la Venecia del norte”, pero es algo perdonable.

A la vuelta a Gante aún tuvimos un poco de tiempo para recorrer la ciudad de noche con su excelente iluminación antes de retirarnos a descansar de un primer día exhausto y prepararnos para lo que se nos venía encima: la sorprendente Amberes.

Flandes, ¡un capricho!

Allí arriba, a tres fronteras, junto al Mar del Norte y los Países Bajos, en pleno corazón de la Europa identitaria, se halla un rincón lleno de encanto donde el pasado aún se huele, donde los sabores hasta se ven y donde cada ciudad es una sorpresa. Es Flandes, un capricho de la historia dispuesto a abrazar a todo el que llega con su arte, su folklore y su gastronomía, siendo su paisaje histórico, cultural y natural el ideal compañero de viaje.

Con este destino que tuve la suerte de por fin conocer en persona hace muy poco, tras semanas conociendo su “backstage”, reabro de nuevo #inchiquemundo con la intención, por fin, de mantenerlo activo ya como reto personal.

Aunque sólo cuatro días no fueron suficientes para conocer al máximo la región norte de Bélgica, si bastó para enamorarme de sus ciudades. En las próximas entradas os hablaré de cómo fue mi experiencia en Gante y Brujas, Amberes, Ieper y Bruselas. Fue un viaje inolvidable en el que aprendí que aunque tengas mucha información previa, debes dejarte sorprender a cada instante por lo que te ofrece un lugar.

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Grand Place de Bruselas