Día 2 en Flandes: la impactante Amberes

Cansados del día anterior, cometimos el error de alargar nuestro tiempo de sueño inconscientes de que lo echaríamos en falta más adelante. Pero una vez en pie, antes de partir a Amberes, pude disfrutar de una Gante pacífica y silenciosa en una mañana de domingo sin gente aún por las calles y en la que los pocos rayos de sol que se colaban por los grandes agujeros de un cielo nublado que amenazaba lluvia iluminaban de una manera espectacular los monumentos que horas antes ya me habían asombrado.

De nuevo en la estación de Sint-Pieters tomamos nuestro tren que en una hora escasa nos llevaba hasta la ciudad de Amberes. El plan diseñado era pasar la mañana en la capital belga de la moda, en la ciudad del diamante, y escaparnos a Lovaina a tomar cerveza en un prometedor ambiente universitario. Inconscientes fuimos al hacer ese plan pues no esperábamos caer tan rendidos a los encantos de la ciudad del Escalda.

Amberes_Estación - (c) jome_omt
Amberes te sorprende desde el principio con su estación

Nada más llegar, la propia estación central de Amberes te deja alucinado y promete una ciudad de sorpresas. Una buena opción para recorrerla es en bicicleta; sin embargo optamos por caminar por el “Keyserlei” y el “Meir” hacia el centro histórico. Aunque la ciudad parecía dormida por ser domingo y festivo, se intuía que todo este paseo comercial estaría muy concurrido el resto de la semana. Es parada obligatoria la tienda y obrador “The Chocolate Line” de Dominique Persoone, uno de los chocolateros belgas más afamados. Bombones de wasabi o cannabis y chocolate en polvo para esnifar (sí, para esnifar, que hasta han fabricado un dispositivo específico para ello) compiten con los productos más tradicionales y “normales” para captar tu atención y que te los lleves a casa.

Retomando el camino, llegamos a la “Groenplaats” donde nos esperaba la estatua de Rubens, tal vez el amberino más conocido (una pena que no pudiéramos visitar su casa-museo), completando el marco que dibuja la Catedral y su campanario a sus espaldas. Aquí comienza un recorrido por calles repletas de restaurantes, bares y tiendas entre edificios históricos fieles a la atractiva arquitectura medieval flamenca. Pero, sin duda, el “Grote Markt” es mi sitio favorito. Cuando lo descubrí, ¡no sabía a qué lado mirar! Por una parte, una hilera de casas típicas delante de las cuales se alzaba un escenario donde sonaba música rock y ante el cual la gente disfrutaba. En frente, más casas y restaurantes con el imponente campanario de la catedral dominando la vista. Y por último, presidiendo la plaza, la escultura de Brabo con la mano del gigante (la leyenda más conocida de la ciudad y de la que se deriva su nombre) justo delante del fastuoso ayuntamiento coloreado con multitud de banderas de todos los países del mundo. Costó marcharse de la plaza y abandonar el concierto, pero seguimos nuestro camino hacia el río. Una vez allí, no nos importó tanto porque encontramos un ambiente aún más atractivo, si cabe: un festival de food trucks llenaban de gente, música y olor toda el muelle hasta el castillo que completaba, al fondo, la fotografía.

Amberes_Grote Markt - (c) jome_omt
Grote Markt de Amberes

Habíamos consumido ya mucho más tiempo del planificado por lo que decidimos renunciar a Lovaina y seguir descubriendo Amberes. Uno de mis imprescindibles era el Plantin-Moretus, complejo y museo Patrimonio de la Humanidad en el que se conservan las imprentas más antiguas. Sólo tuve media hora (una de las pocas cosas negativas de Flandes es que sus museos cierran normalmente a las 17:00h) pero, por sólo 4€ -precio de estudiante- mereció la pena entrar a conocer lo que unos días más tarde cerrarían para una reforma integral. Más tarde volví al centro a caminar por los alrededores del “Vleeshuis” -que por muy cerca que esté del muelle y de la catedral, te transporta a otra ciudad diferente- y reencontrarme con mis compañeras de viaje, que sí pudieron deambular por la zona del puerto y el museo MAS.

Amberes_Plantin-Moretus - (c) jome_omt.JPG

De ahí, aún nos quedaba el paseo de vuelta a la estación mientras nos despedíamos de una ciudad que a todos nos asombró, con una parada de rigor para calmar la gula con un delicioso goffre. Amberes resulta una suma de zonas y estilos aderezados con un ambiente vivo y cospomopolita, una ciudad donde, sin duda, viviría si mi residencia fuera Flandes. Y aunque no lo sea, estoy convencido de que volveré porque aún quedaron muchos rincones por descubrir; me da la sensación de sólo haber conocido una pequeña parte de esta impactante ciudad.

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