Día 1 en Flandes: de Gante a Brujas

Carlos V no pudo elegir un lugar mejor para nacer. Gante es una ciudad brillante donde cada rincón de su vivo centro histórico te deja con la boca abierta.

La centralidad geográfica y la facilidad de moverse en tren por Flandes hacen que Gante sea el lugar perfecto para alojarse si vas pocos días. Así hicimos en nuestro viaje y, tras llegar muy temprano al aeropuerto de Charleroi, tomamos un bus lanzadera con la compañía Flibco (aseguraos de comprar con antelación el billete por Internet para conseguir precios más asequibles que los 19€ euros que pagaréis en taquilla) hasta la estación Sint-Pieters de Gante. Os aconsejo que aprovechéis para conocer la estación, no sólo porque es bonita por dentro sino porque será el lugar al que regresaréis cada día para tomar el tren al siguiente destino. A muy poca distancia está la parada de la línea 1 del tranvía que conecta directamente con el centro histórico. Lo aconsejable es comprar uno o varios bonos de 10 viajes, un abono multipersonal que cuesta 14€ (el billete sencillo sale a 3€ por trayecto).

Nuestro apartamento era espectacular, muy amplio, moderno y céntrico. Y fuimos prácticamente los primeros huéspedes de Sarah, nuestra anfitriona quien nos ayudó en todo momento.

Una vez instalados, ya estábamos dispuestos a conocer la ciudad. Pero no puedes evitar detener el tiempo y disparar mil y una fotos desde el Puente de San Miguel: al canal, de un lado y de otro, a los dos muelles –Graslei y Korenlei– y a todo el skyline que dibujan las tres torres de Gante -la de la iglesia de Sint Niklaas, el Campanario Municipal (Patrimonio de la Humanidad en conjunto con otros muchos de Bélgica y el norte de Francia) y el de la Catedral de San Bavón. Cuando superas el síndrome de Stendhal, tu cuerpo se pone a caminar de nuevo para descubrir el fastuoso centro histórico, comenzando por el Korenmarkt y continuando por los canales mientras te tomas un goffre, unos cuberdons, unas patatas fritas o te sientas en una terraza a disfrutar de las vistas acompañado de una de las cientos de cervezas flamencas que deberías degustar. En nuestro caso, después de comer y aunque aún había mucho por ver, decidimos poner rumbo a Brujas.

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Gante desde el Puente de San Miguel

Desde Sint-Pieters los trenes a Brujas son muy frecuentes y el trayecto dura menos de media hora. Al llegar, sólo con cruzar la calle ya te adentras en el mundo de cuento y fantasía al que te transporta la ciudad. Delicadas calles con casitas adorables te muestran el camino hasta la Catedral de San Salvador y la céntrica Steenstraat, donde comienza una dulce tortura constante que se repetirá a lo largo de todo el viaje: los olores a dulces y chocolate te hacen la boca agua; a cada paso una nueva chocolatería, pastelería o puesto de goffres. Los aromas y sabores que desprenden se entremezclan entonces con la fascinante arquitectura configurando una auténtica bomba sensorial acompañada del bullicio de la gente que transita por esta calle excesivamente comercial. El destino es claro: el centro del centro, el Grote Markt, donde las casas, palacios y el imponente campanario (al que puedes subir para disfrutar de las vistas) te dejan casi paralizado. En mi caso, un pequeño diluvio repentino me sacó de mi ensueño y decidí refugiarme bajo la torre, no sin antes comprar unas patatas por si el rato de espera se hacía largo.

Brujas es encantadora aunque pequeña, y es por ello que puedes recorrerla en poco tiempo, sobre todo si, como yo, vas en plan contemplativo y no puedes permitirte -por presupuesto y tiempo- el entrar en museos y atracciones. De repente nos topamos con el canal y, a pocos pasos, la estampa más mítica de la ciudad, que bien merece una larga pausa.

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La estampa más famosa de Brujas

Siguiendo el canal y las calles, y con un descanso en el “Kwak Bar” para beber y comprar cerveza, llegamos finalmente a lo que más me atraía de Brujas, su beaterio o beguinaje, Patrimonio Mundial junto con otros similares en otras ciudades. Hay que destacar que Brujas cuenta en total con 4 declaraciones de la Unesco: el centro histórico por sí mismo, el Campanario, el Beaterio y la Procesión de la Santa Sangre en la lista del Patrimonio Inmaterial – vamos, todo un destino para un friki de estos temas como soy yo! Sin embargo, me quedé con la miel en los labios ya que, al ser parte de la ciudad, no me esperaba que estuviera cerrado. Lo estaba. En fin, tuve que conformarme con las calles adyacentes y un agradable paseo de vuelta a la estación.

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Junto al Beaterio de Brujas

Brujas me sorprendió mucho. Es lo que tiene hacerse bajas expectativas tras oir una y otra vez que “no es para tanto”, que “es bonita pero está muy turistificada y tematizada” y frases por el estilo que le restan el encanto de la autenticidad. Pero no fue así. Brujas, como destino romántico que es, me enamoró. Eso sí, creo ambicioso el sobrenombre de “la Venecia del norte”, pero es algo perdonable.

A la vuelta a Gante aún tuvimos un poco de tiempo para recorrer la ciudad de noche con su excelente iluminación antes de retirarnos a descansar de un primer día exhausto y prepararnos para lo que se nos venía encima: la sorprendente Amberes.

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